domingo, 9 de diciembre de 2018

LA BALSA


 
El barquero
Ogata Korin
(japonés, 1657-1716)

Cuenta la historia que un viajero llegó a la orilla de un río muy grande. En el lado donde estaba la orilla era peligrosa, aterradora y estaba habitada por bestias salvajes. Al otro lado la orilla parecía segura y sin peligros. Pero no lograba ver ningún puente para cruzar el río, ninguna barca. Entonces decidió construir una balsa con ramas de árbol, hierbas y hojas. Y sirviéndose de las manos y los pies cruzó el río con la balsa. Llegó a la seguridad de la otra orilla que era tranquila y apacible.

Entonces se dijo “esta balsa me ha servido de gran ayuda. Me ha permitido pasar de una orilla a la otra. Estaría bien que la llevara conmigo a todas partes.” Y se alejó, con la balsa a cuestas.


Llegando a casa
Paisaje con balsas
Hans Feddersen
(danés, 1848-1941)

Cuando el viajero llegó a la orilla del gran río se sentó a pensar qué hacía. En su meditación se dio cuenta que si se dejaba arrastrar por la corriente llegaría al océano, a esa inmensidad, al abismo, para perderse. Luego se dio cuenta que si remontaba la corriente, llegaría al manantial, al principio de todas las cosas, a un misterio tan abrumador como el del océano.

Nuestro protagonista recordó que la vida es un río. El agua humedece el alma y le da un cuerpo, tal como pensaban los antiguos. El curso de agua puede representar toda la vida o alguna de sus etapas. La infancia es un tiempo de aguas rápidas burbujeantes, casi siempre alegre, que va saltando de piedra en piedra llevando la frescura a las orillas. La juventud ya es otro tipo de río, distinto del anterior y con características que no se repetirán ni en el río de la madurez ni en el de la ancianidad.

Meditando en la orilla, el viajero consideró que si él fuera chino necesitaría una pareja al lado. Porque en esa cultura de Oriente atravesar el río es una importante ceremonia de fecundidad que realizan las parejas jóvenes en el equinoccio de primavera, el cruce de las estaciones, considerado el comienzo del año. Con ese rito se equilibran las energías, se sumergen en la fecundidad e invocan la lluvia para que haga lo mismo con los campos.
Sobre el lago
Ian Fairweather
(escocés, 1891-1974)

En cambio si el peregrino en meditación fuera griego, lo primero que tendría que hacer es ofrecer sacrificios de animales, porque para esa cultura los cursos de agua están divinizados, como hijos de Océano y padre de las Ninfas. Es lo que enseñaba Hesíodo: No atraviesen nunca las aguas de los ríos de curso eterno, antes de haber pronunciado una oración, con los ojos fijos sobre sus magníficas corrientes, antes de haber mojado sus manos en la onda agradable y limpia.

Hechas todas las consideraciones posibles, el viajante construye una balsa. Es un trabajo arduo porque está todavía en una orilla muy peligrosa, dice el cuento. Lo que construye simboliza el seno materno, que nos hace atravesar las primeras aguas. También puede simbolizar el ataúd, a través del cual vamos a un nuevo nacimiento. Pero si se trata de atravesar las etapas de la vida, la balsa entonces significa aquellas acciones que nos permiten sortear los desafíos propios de cada época.

Llegar a la otra orilla significa alcanzar una mayor plenitud. Y allí el viajero se equivoca al cargar con una balsa que tendría que haber dejado. No solamente hay que meditar antes de cruzar, sino también después, como sucede en todos los ritos sagrados que comienzan con una invocación a la divinidad y culminan con un profundo agradecimiento a la compañía providencial que permitió el cruce.

Al arribar a la otra orilla después de atravesar cualquier río, el barquero que nos acompaña en la vida nos advierte antes de seguir que dejemos lo que hayamos utilizado para superar la etapa, aún las cosas buenas que nos hicieron flotar sobre las aguas pasadas. Ya todos los sueños y los deseos de la orilla anterior han desaparecido, has llegado a casa.

Cruce
Luis Cruz Azaceta
(cubano, n. en 1942)



lunes, 26 de noviembre de 2018

EL ORDEN DE LAS PALABRAS



Monjes (par)
Kasumi Bunsho
(japonés, 1905-1998)

Una historia japonesa nos presenta a dos monjes que vivían en el mismo monasterio y que querían fumar.

Aquella inclinación, a la que sucumbían bastante a menudo, les granjeaba quejas y reproches.

Un día fueron convocados ante el maestro, uno después del otro, por separado. El primero le dijo al maestro:

-¿Puedo meditar mientras fumo?

El maestro estalló en cólera, contestó que no y echó violentamente al discípulo.

El monje, un poco más tarde, se encontró al otro monje fumando tranquilamente. Sorprendido, le preguntó:

- ¿No has visto al maestro?

- Sí, lo he visto.

- ¿Y no te ha prohibido fumar?

- No.

- Pero, ¿cómo puede ser? ¿Qué le has preguntado?

- Simplemente le he preguntado: ¿puedo fumar mientras medito?


Un arquetipo

La reacción del maestro es exagerada. Quizás porque fumar en Japón es una actividad bastante nueva. Echar humo de tabaco o de alguna hierba, tal el significado de fumar, se desarrolló principalmente en América. Se estima que los cultivos en ese continente se realizaron desde 3000 años antes de Cristo.
Monje en la tormenta
Marco Ricci
(italiano, 1676-1730)

Los primeros usos del tabaco en Europa se dieron recién en el siglo XVI, pero no para fumar sino para aliviar con su jugo algunas enfermedades de piel o algún tipo de dolor. A medida que llegaban más noticias de América, las poblaciones de Europa y luego de Oriente se iniciaron en el uso del humo del tabaco por su efecto narcotizante. Lo que se perdió fue el sentido sagrado que se le daba en América, dónde se soplaba sobre los guerreros para insuflarles fuerza, y el mismo humo se le dirigía a los rostros de los pacientes para reforzarles el poder mágico de sus alientos.

Por otro lado el cuento nos muestra una figura que está en toda persona humana: el monje. Todo hombre reúne en sí una serie de principios que lo constituyen, algunos son evidentes, como el hablar. Otros son esenciales pero no manifiestos, como el monje que hace  al individuo propiamente un ser humano.

El arquetipo del monje que todos poseemos nos muestra una riqueza tal de aspectos que nos llevaría mucho tiempo enunciar. Hablaremos de unos pocos, empezando por la simplicidad. En la antigüedad las personas que querían vivir en profundidad su principio monacal se retiraban a lugares desiertos o se congregaban en espacios de vida común, llamados cenobios y luego monasterios. En nuestro tiempo nos resulta imposible salir de nuestros ambientes y tenemos que encontrar lo simple en la vida diaria que llena de estímulos de todo tipo. En el presente la simplicidad que buscamos está en saber armonizar la complejidad que nos atraviesa.

Monjes
Ilya Glazunov
(ruso, 1930-2017)
Otra señal del monje que nos habita es el compromiso del ser sobre el tener que la gran mayoría de personas demuestra. Es común ver el orgullo de ser lo que se es, y del aprecio que se siente por lo que se hace, sean artesanos, obreros o profesionales. El monje es aquella persona que ha ido a buscar en las profundidades de la vida el sentido de su ser, y vive aferrado a él. Lo mismo lo vemos en un mecánico entregado en su taller, en un carnicero dedicando su vida con esmero a su local. De esto sobran ejemplos.

Por otro lado, el monje parece apartarse de la historia, pero en realidad lo que hace es sumergirse en lo más hondo de ella. Estamos acostumbrados a la historia oficial, la que cuentan unos pocos que tienen el privilegio del poder o de la fama. Pero todos atravesamos la historia humana, y en ese devenir encontramos y cultivamos cosas que la trascienden. Un signo evidente de esto es la ancestral costumbre de honrar a los muertos, porque encontramos en toda vida, aún en la más oculta, siempre algo que merece ser guardado en la memoria que es depósito de la  historia cotidiana.

Ahora se entiende mejor la respuesta del maestro. Si lo importante es meditar, como actividad central del monje, por supuesto que se puede fumar. Pero si me concentro en mi deseo de fumar, por más sacralidad que encierre, por encima de la atención a la vida, entonces me pierdo un arquetipo fundamental de mi ser: el monje.


Decisión
Kenzo Okada
(japonés, 1902-1982)






domingo, 11 de noviembre de 2018

EL ERMITAÑO GRITÓN

El ermitaño descubierto
Desmond Morris
(británico, n. en 1928)  


 Un ermitaño cristiano, vestido con harapos, con los pies ensangrentados por las rocas y los espinos, la cabeza quemada por el sol, corría sin parar por la arena y gritaba a todos los ecos del desierto:

-¡Tengo una respuesta! ¡Tengo una respuesta! ¿Quién tiene una pregunta?


Algo de lo que estamos hechos

En la humanidad hay personas que deciden vivir de forma solitaria con una vida metódica y aislados lo más posible de la sociedad que los rodea. A estas personas se las llama ermitaños. En todas las tradiciones humanas religiosas o ateas aparece esta práctica y su función es mostrar que todo hombre tiene constitutivamente algo de ermitaño.
El ermitaño
Anton Ažbe
(esloveno, 1862 - 1905)

El vocablo ermitaño viene del griego éremos, que indicaba un lugar aislado, apartado desierto. Este mismo término, pasando por el latín, dio lugar a nuestro adjetivo yermo. La tradición cristiana tuvo en sus comienzos un movimiento muy notable de mujeres y varones que se iban a vivir en los desiertos. Pero antes que ellos, el filósofo judío Filón de Alejandría (15 a.C.-45 d.C.) hablaba de un grupo de su religión que se había ido al desierto cerca de su ciudad y a los que se los conocía como terapeutas, porque se dedicaban a curar los males del alma. Vivian aislados unos de otros, pero se juntaban a orar y a conversar sobre temas espirituales tomados principalmente de los libros sagrados. La gente de la ciudad acudía a ellos para buscar consejos y consuelo.

Terminadas las persecuciones a los cristianos por parte del Imperio Romano, en lo que se llamó la paz constantiniana, se inició el gran movimiento de ermitaños, que perdura hasta nuestros días. Entre los fundadores está san Antonio abad (251-356), un sabio que comenzó vendiendo todo lo que tenía para dárselo a los pobres y se fue a vivir a una tumba vacía de su comunidad. Otro caso fue María de Egipto (344-422), que tras dedicarse a la prostitución se retiró al desierto durante 47 años. Una práctica extrema fue la de Simón Estilita (390-459), qué eligió como penitencia vivir durante el resto de su vida en una plataforma sobre una columna de 17 metros de altura y de allí no bajó nunca más. En la época moderna un modelo de espiritualidad del desierto fue Charles de Foucault (1858-1916), viviendo en el desierto del Sahara al servicio de los habitantes de esa dura región.

Estos ejemplos, como el ermitaño del cuento, encierran unas vidas de sabiduría y alegría sencilla. Como enseñaba uno de ellos: “No me hables nunca de un monje que jamás se ríe. Ese no es un monje serio". Hablaban poco, pero no perdían oportunidad para la broma, como cuando un visitante preguntó por el abad y uno le respondió: "Acaba de salir al corral de los cerdos para llevarles la comida. Lo puede distinguir fácil porque lleva un gorro en la cabeza".

Paisaje con ermitaño
Salvator Rosa
(italiano, 1615-1673)

         Muchas de las enseñanzas brotaban de preguntas o respuestas. He aquí una muestra de anécdotas.

       Un anciano tenía como compañero un monje que lo hacía sufrir mucho. Un día le dijo el anciano: Hermano, esta noche he soñado que estaba en el paraíso. Y el hermano le pregunta: ¿Y yo también? No. Precisamente por eso me convencí que estaba en el paraíso.

En Alejandría vivía el médico Foción que atendía al monje enfermo y le preguntó: ¿Has consultado a otro médico antes de venir aquí? Sí, fui al médico Istorión. ¿Y qué idiotez te ha aconsejado? Que viniera donde usted.

Un monje de Scete fue citado al juez por haber matado un perro con una barra de punzón. ¿Cómo ha hecho esto, usted que debe ser modelo de mansedumbre? Hubiera podido usar el punzón por la parte del mango y no haberlo matado. Lo hubiera hecho si el perro me hubiese atacado con la cola y no con los dientes.

Un hombre que lo tenían por necio, un día fue a molestar al anciano y le dijo: Abba, tu que eres tan inteligente, puedes decirme, ¿sí es posible que Jonás haya podido quedar vivo después de estar tres días en el vientre de la ballena?- No lo sé, pero yo mismo se lo preguntaré cuando lo vea en el cielo. –¿Y si acaso estuviera en el infierno? En ese caso, tú se lo preguntas.

Estos son algunos ejemplos de lo que hay entre los ermitaños, y como nosotros tenemos constitutivamente algo de ellos, también lo encontraremos en nuestros corazones, creyentes o no.

Figura gritando, el profeta
Julio González
(español, 1876-1942)






domingo, 28 de octubre de 2018

EL CIEMPIÉS Y EL SAPO

El paseo de Jasper
Mark Ryden 
(norteamericano, n. en 1963)

Una vez, un sapo vio caminar a un ciempiés y quedó atónito al ver con qué elegancia movía éste cada una de sus patas. ¿Cómo hacía para coordinar con tanta perfección sus movimientos?


 -¡Ay! –se lamentó el sapo para que el ciempiés lo oyera-. Yo no brillo ni reluzco. Solo tengo cuatro patas –solo cuatro patas- y no cien como tú, ¡oh venerable!

Al ciempiés le cayó muy bien el comentario: tanto que hasta aminoró el ritmo de su marcha.

-Dime, pues, venerable –continuó el sapo-, ¿cómo puede ser que, al caminar, siempre sepas con qué pie debes comenzar, cuál va a ser el segundo, y después el tercero, cuál llega después como cuarto, quinto y sexto, y si es el décimo el que sigue o el centésimo? ¿Qué es lo que hacen, mientras tanto, el segundo y el séptimo? ¿Se paran o siguen andando? Y cuando llegas a la pata número noventa y siete, ¿debes levantar también la septuagésima? Dime, por favor, a mí, el pobre, el mojado, el resbaladizo que solo tiene cuatro patas y no cien, cómo haces, ¡oh venerable!.

El ciempiés se quedó entonces muy pensativo. En efecto, ¿cómo lo hacía? ¡Ay, nunca se había preguntado él estas cosas!¡Dios mío, qué problema! ¿Y cómo explicarle al sapo el mecanismo si ni él mismo, ahora que lo pensaba, podía comprenderlo?

Y el ciempiés quedó inmóvil, clavado en el suelo, y desde aquel momento no pudo ya mover ningún miembro. Había olvidado cuál de los pies debía levantar primero, y mientras más pensaba en ello, menos podía recordarlo.


Caminar en la vida
Cigüena y cuatro sapos
Pierre Bonnard
(francés, 1867-1947)

En las culturas precolombinas los animales tenían una relación esencial con lo divino. Ocupaban un lugar importante en los mitos y las leyendas y también eran símbolos de valores y de ideas fundamentales de esas culturas. El ciempiés es un animal rastrero y de arraigo a la tierra por lo que no sorprende que aparezca entre los cabellos del dios azteca de la tierra Tlaltecuhtli, que significa "señor o señora de la tierra", pues era andrógino. La función principal del Dios y de todos los animales asociados era posibilitar que las almas de los muertos llegasen a la morada definitiva.

En la civilización del Antiguo Egipto el ciempiés estaba asociado al dios Osiris que también era un dios de la tierra relacionado con el mundo de los muertos. Como otros animales ponzoñosos está cercano a la magia y se consideraba que podía curar y proteger a su poseedor de las picaduras de otros seres venenosos. Ocupaba  un lugar importante en el mundo sagrado en tiempos de los faraones, y nadie osaba poner en duda su inteligencia.

Llama la atención la confusión que sufre el ciempiés ante la pregunta del sapo. ¿Cómo es posible que un animal tan sagrado quedé enredado y sin capacidad de moverse, después de haberse desplazado con tanto donaire? Solamente otro animal de mismo nivel sagrado podía cuestionarlo. En algunas culturas el sapo es la cara infernal y tenebrosa de la muerte. Su mirada fija indica una insensibilidad o indiferencia a la luz y lo que ella significa. Por esta característica intercepta la luz de los astros por absorción, dejando en la oscuridad a los que están cerca, como el ciempiés.
Seta, el ciempiés gigante
Utagawa Kuniyoshi
(japonés, 1797-1861)

El psicólogo George Humphrey (inglés, 1886-1963) se refirió al cuento diciendo: "Ningún hombre hábil en su profesión necesita una atención constante en el trabajo rutinario. Si la prestara el trabajo se echaría a perder".  Más adelante sigue comentando el cuento, diciendo: "Nos ocurriría lo mismo si le prestáramos una atención consciente a cualquier hábito bien asimilado como, por ejemplo, caminar". La razón, tan útil en algunos aspectos de la vida, puede también ser destructora de hábitos y virtudes valiosos.

Si aplicamos el cuento al plano espiritual nos encontramos con una enseñanza profunda. Es importante mantener la unidad y la armonía en nuestro interior. Por ejemplo, si estamos escuchando música con disfrute, no podemos al mismo tiempo ponernos a pensar que estamos escuchando música porque dejaríamos de lado el goce de oírla. Del mismo modo no podemos contemplar y observarnos como contempladores al mismo tiempo, la reflexión nos saca de la corriente íntima de la contemplación. En la vida espiritual hay una armonía por encima de la razón, en la que nos sumergimos sin pensar. Así nos movemos en la vida y evitamos el quedarnos paralizados.

Acompañamiento Negro
Vasili Kandinski
(ruso, 1866-1944)


domingo, 14 de octubre de 2018

LAMENTACIÓN DE UN DIABLO

Demonio sentado
Mikhail Vrubel
(ruso, 1856 - 1910)

A veces algunos personajes son bastante lúcidos para expresar a la vez las preguntas y las respuestas.


Es el caso de un demonio japonés que lloraba. Un hombre santo lo vio y le preguntó:

- ¿Qué clase de demonio eres? ¿Desde cuándo lloran los demonios? ¿Y por qué?

- Soy un personaje de otros tiempos –le dijo el demonio-. Viví hace cuatro o cinco siglos y mi corazón estaba lleno de odio hacia mi enemigo.

-¿Y ese enemigo te venció?

- En absoluto. Lo maté. ¡También maté a sus hijos, a sus nietos y a sus bisnietos! ¡Sin excepción!

- ¿Así que no te queda nadie a quien matar?

- Ni una persona.

- Entonces, te repito mi pregunta: ¿por qué lloras?

- Lloro porque querría que volviesen a nacer para poder volver a matarlos. Pero no tengo la más mínima idea del lugar donde podrían renacer. El odio todavía me corroe pero la progenie de mi enemigo ya no existe. No tengo a nadie a quien matar y sólo me devoro a mí mismo.

- ¿Así que has conservado tu odio, pero contra ti mismo?

- Sí, y durante cien millones de años lo sufriré. ¿Sigues creyendo que no tengo ningún motivo para llorar?

El demonio se alejó entre sollozos. El hombre santo vio llamas bailando alrededor de su cabeza.


La no-violencia
Atacado por un demonio
Utagawa Kuniyoshi
(japonés, 1798-1861)

          En Japón hay una tradición llena de seres extraordinarios y de demonios. Entre estos últimos se encuentran los shura, espíritus enfurecidos que son la reencarnación de los guerreros muertos en batalla.

          Los fantasmales guerreros han perdido el camino que los llevaba a la meditación y al respeto, y se han convertido en horribles espíritus hechos del odio y la venganza que queman sus oscuros corazones. Tienen una mirada que causa espanto, por lo que sorprende ver llorar a alguno de ellos.

En occidente, la palabra demonio proviene de un término griego daimon, que se traduce mejor por genio. En el mundo romano y griego los daimones son unas divinidades menores muy importantes, consideradas fundamentales en el desarrollo de la vida y de las buenas funciones de la naturaleza. Su culto estaba muy extendido, y al cristianismo le resultó muy difícil erradicarlo de los ambientes campesinos. Para este fin los cargó de connotaciones negativas y maléficas, asumiendo su representación plástica como la figuración de los espíritus del mal. Así los sátiros dejaron de ser protectores de animales, especialmente el ganado, para convertirse en seres dañinos y pecadores.
Dos divinidades danzando
          Tomioka Tessai
              (japonés, 1837-1924)

En las culturas en general una característica del mal, propia de los demonios, es el odio. Es interesante tener en cuenta que el odio tiene un aspecto positivo. Sirve para mantener un cierto estado de alerta intelectual. En situaciones peligrosas como el falso consenso grupal sólo los odiadores son capaces de actuar con lucidez. Hay veces que las decisiones colectivas equivocadas suponen la muerte y en estos casos el odio resulta muy útil. Para Aristóteles puede ser una forma de ira no desahogada: necesitamos ese sentimiento para separarnos de aquello que previamente hemos amado. Cuando una persona o una idea nos defraudan necesitamos del odio para apartarnos de aquello que puede limitarnos o estancarnos en nuestro camino por la vida.

El odio, que podemos caracterizar como un amor sin conocimiento, se vuelve amor ciego, y se apega al pecado. Por eso el demonio del cuento queda condenado a ser criminal, y lo único que ve de su interior es esta fuerza terrible que lo arrastrará millones de años. Para que el odio sea bueno tiene que estar muy controlado, porque enseguida se transforma en daño y crimen. Por eso la tradición es constante en la invitación a conocernos a nosotros mismos, en prestar atención a nuestro interior.

¿Qué es el conocimiento de sí mismo? Es descubrir nuestra esencia real, nuestra chispa divina, nuestro ser completos en Dios. No somos Dios, pero somos portadores de su presencia. Somos vasos de barro llenos de Dios. Sobre esta realidad se basa toda la experiencia de la no-violencia activa, opuesta al odio del demonio. La no-violencia activa propone un camino de liberación integral, empezando con la liberación interior de todo apego y de toda enemistad, para que brille nuestra esencia real. Esta es la actitud del santo que ve alejarse al diablo llorando, y ve llamas danzando en torno a su cabeza.


Huellas
Ion Tuculescu
(rumano, 1910-1962)




domingo, 30 de septiembre de 2018

EL AMANECER DEL DÍA


Cosmogonía de una cara
Victor Brauner
(rumano, 1903-1966)

 
Esta historia judía presenta a un rabino que pregunta a sus estudiantes:


-¿Cómo sabemos que la noche ha llegado a su fin y que el día amanece?

-Porque podemos distinguir a una oveja de un perro -dijo un estudiante.

-No, no es la respuesta -dijo el rabino.

-Porque -dijo otro estudiante-, podemos distinguir una higuera de un olivo.

-No -dijo el rabino-. No es la respuesta.

-Entonces ¿cómo lo sabemos?

-Cuando miramos un rostro desconocido, un extraño, y vemos que es nuestro hermano, en ese momento ha amanecido.


El rostro de mi hermano

Un día es aproximadamente lo que tarda la Tierra en girar sobre su propio eje. En la antigüedad las distintas culturas tenían su propia forma de determinar el comienzo de un día. En nuestro tiempo seguimos la costumbre romana de empezar a medianoche. Los egipcios en la antigüedad contaban la jornada a partir de la salida del sol. Los babilonios y los judíos, en cambio, calculaban el día de tarde a tarde.
Amanecer
Aristarkh Lentulov
(ruso, 1882-1943)

Para la tradición judía el hecho de que el día comienza al anochecer es una metáfora de la vida misma porque nuestra vida humana empieza en la oscuridad del vientre materno, después se enfrenta al resplandor de la luz y eventualmente finaliza con la oscuridad de la tumba que precede a un nuevo amanecer en el mundo venidero. En esta tradición resultaba muy importante determinar en qué momento comenzaba la noche porque de esta manera se sabía que ya se estaba en una nueva jornada y sus obligaciones, si coincidía con un día festivo. De la misma manera era importante saber cuándo empezaba la etapa de luz, pues esta indicaba simbólicamente el comienzo de la madurez y de la relación plena con Dios.

Para determinar el cambio del día a la noche se usaban diferentes métodos. En algunos lugares este momento estaba marcado por la autoridad del lugar, cuando no distinguía un hilo negro de uno marrón. Otras formas están indicadas en el cuento que se presenta hoy: no distinguir un perro de una oveja o una higuera de un olivo. Para saber el momento en que comienza la noche alcanzaba con tener los sentidos atentos.

La pregunta del rabino en el cuento es sobre el momento del amanecer y no sobre el comienzo de la jornada. El interrogante es sobre la madurez humana y no sobre los días de la vida común, y con este giro nos abre a una consideración distinta de lo que significa vivir en plenitud en este mundo.
Amanecer de la montaña
Maynard Dixon
(norteamericano, 1875-1946)

En la respuesta del maestro está la clave del sentido de la existencia: reconocer al hermano en el rostro desconocido. El término rostro, equivalente a cara, viene del latín que hacía referencia al pico del ave, y también al morro de varios animales. Cara, que viene del griego donde significaba cabeza, en latín derivó en la parte delantera de algo y también rostro humano.

Nadie ha visto su propia cara, por lo cual solamente puede contemplarla como imagen de un espejo. La cara es una revelación, incompleta y pasajera, de la persona. Nuestro rostro es para los demás, y también es para Dios. Reconocer en la cara al hermano es una de las formas más altas de amor al prójimo. Para esto tiene rostro, para que lo reconozca como persona de la familia universal en la cual somos todos hermanos al ser hijos de un mismo Padre. El rostro es el símbolo de lo que hay de divino en el hombre, y su reconocimiento es el amanecer de la auténtica humanidad.


La musa al amanecer
Alphonse Osbert
(francés, 1857-1939)






sábado, 15 de septiembre de 2018

BELLEZA PARA VIVIR

El mendicante de Livorno
Amedeo Modigliani
(italiano, 1884-1920)


Una mañana llegó a las puertas de la ciudad un mercader árabe y allí se encontró con un pordiosero medio muerto de hambre. Sintió pena por él y le socorrió dándole dos monedas de cobre.

Horas más tarde, los dos hombres volvieron a coincidir cerca del mercado:

- “¿Qué has hecho con las monedas que te he dado?”, preguntó el mercader.

- “Con una de ellas me he comprado pan, para tener de qué vivir; con la otra me he comprado una rosa, para tener por qué vivir…”

Ponerse los pantalones

La palabra pordiosero se forma con la expresión que usan los que piden ayuda: “¡por Dios! ¡por Dios!”. Desde este término se nos abre un amplio mundo de sentidos en el cuento que se presenta en esta ocasión. Los protagonistas, el mendigo y el mercader sensible, nos invitan a mirar más allá en el gesto de compartir dos monedas, para ingresar en el universo del espíritu.
Caridad
           Andrea di Nicoló di Giacomo
           (italiano, 1440-1514)



El mercader da una limosna, palabra que deriva de un término griego eleemosyne que significa piedad, compasión. El verbo en griego correspondiente: compadecerse, tener piedad de alguien, está presente en una palabra griega panteleemon, que significa el que se compadece de todos. De aquí nace la palabra pantalón. ¿Cómo llegó aplicarse la compasión a una prenda de vestir? Fue gracias a los habitantes de Venecia que tenían una gran devoción por san Pantaleón. Este santo, de origen turco, fue un médico martirizado en el año 305 después de Cristo. San Pantaleón, venerado en todo el mundo por su gran misericordia, especialmente con los enfermos, era representado con la vestimenta típica que incluía un calzón largo. Esta prenda era característica también de los venecianos y se la llamó pantalón, derivada del nombre del santo. Recién después de la Revolución Francesa, cuando se empezó a usar el calzón largo, se universalizo el nombre de pantalón en otras lenguas, como el francés y el español.

Ahora podemos decir que el mercader árabe del cuento se ha puesto los pantalones, se compadece de todos. En su gesto muestra la profundidad qué debe tener la auténtica compasión. Le entrega al pordiosero dos monedas, un número qué indica nuestra situación en la vida, marcada por una constante dualidad. Junto a este símbolo, manifiesta su respeto al mendigo al preguntarle por el uso que le había dado a las monedas.
Pordiosero
Ilya Glazunov
(ruso, 1930-2017)

Según el pordiosero, la vida tiene dos necesidades: sostenimiento y sentido. El pan es el símbolo del alimento esencial. Según las culturas, varían los cereales con los que se lo fabrica, pero siempre conserva su sentido de representar a toda comida. Que haya pan en todas las mesas expresa el deseo de que a nadie le falte el sustento. En la oración de muchos labios a cada instante se repite este pedido: Danos hoy nuestro pan de cada día.

En el cuento se dice que la rosa es para tener por qué vivir. Esta flor sirve de referencia a la belleza de toda la realidad. Es una perfección, una realización sin falta. Simboliza la copa de la vida, el alma, el corazón y el amor. En la tradición cristiana es la copa que recibe la sangre redentora de Cristo, conocida en el medioevo como el santo Grial. En la literatura la rosa es ofrecida por la mujer celestial a su devoto amante, mostrando lo sublime del amor.

En esta narración un activo mercader y un necesitado extremo nos indican que todo hombre es capaz de sabiduría, que no depende de dónde sea cada uno o cuál sea su condición humana. El cuento parece ser un bello comentario a aquella respuesta que dio Jesús al Tentador que pretendía milagros sin reconocer la belleza de cada ser humano: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. El amor al prójimo es compartir bienes y sabiduría.


Experimentando con la sabiduría
Samuel Bak
(polaco, n. en 1933)